BREVE HISTORIA DEL DANCE DE VERA DE MONCAYO

Dance es una palabra exclusiva de Aragón en lo que a su verdadero significado representativo porta: una escenificación teatral, acompañada de danza, teatro, música, y variados toques de sátira y crítica que destilan los dichos incluidos en el mismo.
Los dances son uno de los elementos característicos de la etnografía aragonesa y no son exclusivos de determinados territorios o comarcas, aunque todos ellos comparten afinidades en su línea representativa; el teatro se define por la conversación entre los pastores, con el Mayoral y el Rabadán como personajes principales (lo que se denomina esquema de pastorada), y la posterior aparición del diablo y el ángel (la representación de la eterna lucha entre el bien y el mal). La música desarrolla cada una de las mudanzas acompañando los movimientos de los paloteadores con sus bailes de palos, espadas, cintas o arcos. Estos son los rasgos afines de la mayoría de los dances aragoneses, aunque otros mantienen la fórmula del diálogo entre moros (o turcos) y cristianos, variando el argumento y la representación escénica respecto a las pastoradas.

En Vera de Moncayo se representaba el Dance desde tiempos antiguos, tenemos fotos de la pastorada y el cipotegato de finales del siglo XIX que dan testimonio de su presencia en la villa de Vera de Moncayo. Asimismo, el Dance y paloteado de Vera es citado desde antaño en todas las obras referidas a los Dances aragoneses ("Orígenes y problemas estructurales de una composición poética; el Dance en Aragón" de Mercedes Pueyo Roy, "El Dance aragonés" de Antonio Beltrán, "El Dance de Aragón" de Jesús Cancer Campo, "Dances tradicionales en el Somontano del Moncayo" editado por la Diputación de Zaragoza, etc) y también Ángel Mingote hace referencia a la música del paloteado en su "Cancionero musical de la provincia de Zaragoza, IFC, 1950" en el cual recoge las partituras de las mudanzas del paloteado (todas partituras las podéis ver en esta misma página en el apartado referido a ellas): "La vuelta", "La jota", "El tabaco", "El trenzado I (o sencillo)", "El trenzado II (o doble)" y la "Contradanza", son las partituras recogidas en la obra, aunque los paloteadores más ancianos del lugar recuerdan también las mudanzas de "La pera y el membrillo", "El postellón", "Los arcos" o "El pasacalles". 

En documentos gráficos que poseemos, hacia 1940, los paloteadores vestían pantalones azules con una cinta roja en la pernera, camisa blanca, pañuelo en la cabeza, faja colorada y alpargatas blancas con cintas rojas. No portaban bandas ni cascabeles, aunque se recuerda que los paloteadores más antiguos los llevaban y Antonio Beltrán en su obra "El Dance aragonés, 1982",  hace referencia a la presencia de sayetas. Estas eran una especie de faldilla de lienzo blanco con puntillas, de uso muy antiguo y que el profesor Antonio Beltrán, una de las voces más representativas en el estudio del Dance aragonés, relaciona con “trajes litúrgicos como las albas de los presbíteros, prohibidos por Carlos III, y progresivamente desaparecidos por parecer que amujeraban a los hombres en su aspecto”[...] “las hallamos aún en los volantes de Sariñena y Sena [...] o se conservaban hace no mucho en Graus, donde se llamaban “sayas”, o en Ambel y otros lugares como Urrea de Gaén, Cetina, Talamantes, Vera de Moncayo y Ateca”.
Poco después, en la generación de danzantes de 1945, se adoptó el traje regional para bailar el paloteado y así se puede observar en una bella foto de los danzantes de Vera a las puertas del Monasterio de Veruela. Aunque en documentos de los años 60 los antiguos danzantes vuelven a bailar con los pantalones azules y camisas blancas antes referidos, los danzantes de la generación de los 80 que lo representaron por última vez durante tres años (de 1980 a 1982), volverán a vestir el traje regional aragonés.

Mención especial merece la figura del Cipotero (también llamado Cipotero Gato o Cipotegato, expresión que ha llegado a nuestros días) que llevaba un mono de dos colores o bombachos, un sombrero de pico con cintas de colores en su punta, la cara enmascarinada con carbón y la cipota, un palo con una cuerda que sujetaba una pequeña alpargata con la que golpeaba a la gente ( posteriormente la zapatilla fue sustituida por una pelota de cuero o trapo). El Cipotegato abría paso a los danzantes y danzaba junto a los mismos, así como clamaba sus "dichos", mordaces e irónicos, al finalizar las mudanzas del paloteado.
Tras el “paréntesis” forzoso en la representación del Dance, el Cipotegato -en los años 80- cambió de traje y continuó saliendo a la calle el primer día de las fiestas locales recibiendo su particular lluvia de tomates, adaptando esa costumbre turiasonense al ambito local.

Por último comentar la representación del Dance. Una de las peculiaridades en los dances del Somontano del Moncayo, y por ende en la villa de Vera, es la presencia de la figura del Cipotegato (Zipotero o Cipotero Gato eran otras dos de las denominaciones que recibía en Vera) y su particular relación con la representación del mismo. El Cipotegato participa en los dances como un personaje más, ocupando y desplazando en algunos casos a la figura del Rabadán.
            Los personajes de los dances de pastorada adquieren papeles protagonistas para la escena. El Mayoral dirige el dance, representando la figura del capataz que mantiene conversaciones con el Rabadán dándole consejos. El Rabadán es el hombre ingenioso  y gracioso que hace disfrutar y reír al público asistente con su mordaz sátira, y que, como acabamos de explicar, en los dances del somontano del Moncayo el Cipotegato es, secundariamente, quien a veces adquiere este papel. Estos personajes son la expresión del pueblo o la villa y su papel en el dance es principal.
Los otros dos personajes principales son el Ángel y el Diablo, que en sentido metafórico representan el bien y el mal. El ángel es el mensajero de Dios, enviado de los Cielos para hacer valer el Bien e impartir la Justicia Divina enfrentándose al rey de las tinieblas, derrotándolo y enviándolo al averno. La figura del ángel suele personarse en muchos de los dances como el arcángel Miguel (caso del dance de Santa Brígida en Vera) o como protector ángel de la guarda. En los dances de Vera de Moncayo en honor a la Inmaculada y a la virgen de Veruela , se presenta como ángel de la Virgen Inmaculada y en el de San José como ángel tutelar de los Josefinos.
El Diablo encarna el Mal. Belcebú, Lucifer o Satanás son otros de los apelativos que se usan para nombrar al rey de los infiernos. Intenta , por todos los medios, arrastrar a todos los demás personajes del dance a disfrutar de sus envenenadas bondades y clama exabruptos contra Dios y sus valedores, arremetiendo contra el clero e implicando al propio público asistente, haciendo gala de su maldad con socarronería.

 

Si repasamos los dances del Somontano del Moncayo (englobando las comarcas de "Tarazona y el Moncayo" y "Campo de Borja") observamos que todos ellos mantienen las mismas líneas representativas y el esquema básico de la pastorada.
Vera posee cuatro dances, tres de ellos de datación más antigua (En honor a la Inmaculada, en honor de la Virgen de Veruela y en honor a San José)  y otro de factura más reciente en el tiempo (en honor a la patrona de la villa, Santa Brígida) perfectamente fechado pues su creación fue debida a D. Avelino Mendoza Andía, hijo de la villa, en el año 1980. No podemos aventurar fechas exactas sobre el origen de los más antiguos pues las dataciones se pierden en el tiempo.
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El Dance y Paloteado se representó hasta la década de los 60. Tras un paréntesis de varios años, los vecinos de Vera lo volvieron a recuperar en los años 80. La experiencia fue corta pero sin duda enriquecedora para las gentes que compartieron esos momentos (los jóvenes que lo aprendieron y los mayores que lo enseñaron). El Dance en la actualidad no se representa y no hay mayor enemigo que el paso del tiempo que arrastra las tradiciones al olvido. Recordaros que todos tenemos antepasados que participaron en esta manifestación festiva y cultural que representó a nuestro pueblo durante los siglos anteriores y quizá, en los albores de este nuevo siglo, tengamos la última oportunidad de poder recuperarlo, de recoger el testigo de aquellos familiares que lo llevaron adelante con orgullo durante muchas décadas de tradición.

José Ángel Monteagudo